Patoruzú, el cacique tehuelche, símbolo de la historieta argentina, cumplió 83 años. Creado por Dante Quinterno en 1928, fue el primer personaje de historieta local que combatió el mal y luchaba contra los villanos mucho antes que Batman y Superman. Era un Don Quijote con todas las virtudes humanas y tenía una debilidad especial por la familia. Además, era un moralista que pensaba que obrar éticamente podía cambiar al país. Por eso, se hizo tan popular y exitoso. Representaba al argentino como ningún otro héroe de historieta importado. Y aún más. A lo largo de su octagenaria vida, el indio tehuelche demostró que la única manera de que un país no pierda su identidad era defender las raíces culturales contra el embate de los "colonizadores" y la desidia de los gobiernos de turno. Por eso defendía su acervo cultural no sólo con poncho y boleadoras, sino también con la palabra. Esa palabra dicha de frente, mirando a los ojos.

Hoy, bien entrado el siglo XXI, la lucha del inolvidable cacique parece haber quedado en el olvido. En la Argentina, por ejemplo, hace tiempo que los valores fundamentales -que eran la bandera de nuestros abuelos- se han olvidado por completo. Y, como una consecuencia lógica, la cultura dejó de ser una prioridad. Son tiempos en los que impera la lógica del consumo desmedido y el exhibicionismo irracional. Tiempos en los que no importa tanto el ser sino el parecer. Por lo tanto, casi nadie pone énfasis en el analfabetismo más real, en la falta de lectura más actual o en la desinformación más absurda. Tampoco en la falta de objetivos o en el abandono de la cultura del trabajo, que fueron los invaluables legados de nuestros inmigrantes.

Afortunadamente, la provincia tiene una suerte de reacción alérgica contra el virus de la desidia oficial. Y, justamente por eso, cuanto más grave es la crisis, más hechos culturales florecen espontáneamente. De hecho, ayer comenzó en Tucumán un encuentro de narradores que busca revertir esta suerte de abulia social a través de la poderosa fuerza de la oralidad. Son artistas que llegaron desde Cuba, Colombia, España y Buenos Aires para decirnos que la palabra hablada tiene valor y que es imperioso ejercitarla. No ya a través de esos impersonales mensajes en los celulares, sino desde el encuentro con el otro, hablando cara a cara.

Estos cuenteros, que se quedarán en Tucumán hasta el sábado, nos animan también a contar nuestras historias. Sí, porque las sociedades latinoamericanas son orales por excelencia: si algo no se nombra, simplemente no es... no existe. Por eso es tan valioso este esfuerzo por retornar a la oralidad como un medio para recuperar la humanidad de los humanos. De esos humanos que parecíamos estar siendo borrados o superados por las máquinas, el trabajo, el deseo de éxito, el estrés, los efectos especiales,, el exhibicionismo y el consumo. Al mismo tiempo, este esfuerzo sirve también para recuperar la niñez y volver al mundo mágico de la imaginación simple y profunda; esa que nos hacía gozar hasta el éxtasis con las aventuras de Patoruzú.

Estos cuenteros que están dando vuelta por Tucumán, tratarán de imponerse a las distracciones que mantienen a la gente en sus casas: a la televisión, a internet y a los videojuegos. Hagámosle caso. Intentemos asistir a sus encuentros y talleres; los escuchemos; disfrutemos de sus historias; recuperemos esa esencia de nuestro ser que creíamos perdida. Tal vez de esta forma consigamos tomar coraje, respirar hondo, levantar la mano y así, como quien no quiere la cosa, nos pongamos a contar nuestra propia y maravillosa historia.